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"La Unidad Militar de Emergencias no tiene tregua este verano"

Balance de una campaña marcada por el esfuerzo y la pérdida de un compañero

Un verano histórico de incendios
UME incendios 2026

La campaña de incendios forestales de 2026 está siendo una de las más duras de las últimas décadas. Según los últimos datos del Ministerio para la Transición Ecológica, la superficie quemada en España asciende ya a más de 254.000 hectáreas desde el 1 de enero, con más de 32 grandes incendios registrados. El episodio más grave se concentró a finales de julio, cuando el Gobierno declaró la emergencia de interés nacional en la Comunidad de Madrid y en la provincia de Ávila, y el incendio de Los Gallardos, en Almería, se convirtió en el más mortífero del sur de España en mucho tiempo.

Las olas de calor sucesivas, la sequía acumulada y las tormentas secas han multiplicado los focos por toda la geografía: Ávila, Madrid, Castellón, Huesca, Guadalajara... Frentes que en muchos casos se han combinado, obligando a evacuar o confinar a decenas de miles de personas en apenas unas semanas.


La UME, en primera línea sin apenas descanso

En medio de todo esto, la Unidad Militar de Emergencias ha mantenido un ritmo de intervención prácticamente ininterrumpido. Solo el BIEM IV, con base en Zaragoza, ha participado este verano en 15 incendios forestales, diez de ellos en Aragón, además de despliegues en Cataluña, Castellón, Guadalajara y la Comunidad de Madrid. Entre finales de junio y finales de julio, la unidad apenas descansó dos jornadas sin intervenir en algún fuego, un ritmo poco habitual incluso para una unidad acostumbrada a las grandes emergencias.

Ese despliegue constante, mes tras mes, tiene un coste que no siempre se cuenta: la fatiga física y emocional que arrastran tanto los militares como sus familias, que llevan semanas viéndolos partir de un incendio para llegar al siguiente. Y a eso hay que sumarle la exposición a un riesgo que, este verano, se ha cobrado ya una víctima.



La pérdida de un compañero en Las Peñas de Riglos
UME Incendios 2026 Fallece un cabo

El pasado 16 de agosto, mientras trabajaba en la extinción del incendio de Las Peñas de Riglos (Huesca), falleció el cabo Javier García Sancho, del BIEM IV, de 39 años. La autobomba en la que viajaba junto a otros tres compañeros cayó por un barranco y volcó; los demás ocupantes resultaron heridos, aunque ya han recibido el alta hospitalaria.

La noticia causó una profunda consternación en La Almunia de Doña Godina, su localidad natal, donde el Ayuntamiento decretó tres días de luto oficial y las banderas ondearon a media asta. Zaragoza y Jaca se sumaron también con minutos de silencio, y el Gobierno de Aragón guardó luto oficial en todo el territorio.

Su unidad tampoco tardó en despedirle. Dos días después, la Base Aérea de Zaragoza acogió la instalación de la capilla ardiente y, posteriormente, las honras fúnebres se celebraron en el patio de armas del propio Cuarto Batallón de Intervención en Emergencias (BIEM IV), donde Javier estaba destinado. Durante el acto, el general jefe de la UME, Fco. Javier Marcos, le entregó a título póstumo la Cruz al Mérito Militar con distintivo amarillo, concedida por el Ministerio de Defensa en reconocimiento a su trayectoria — una trayectoria que incluía intervenciones en grandes nevadas, en la DANA de Valencia y en numerosos incendios forestales a lo largo de los años. Sus compañeros del BIEM IV lo despidieron con un mensaje que resume bien lo que significa vestir ese uniforme: su entrega y su servicio a España quedarán en la memoria de la Unidad.

Su pérdida es un recordatorio de hasta qué punto la UME expone la vida de sus militares por proteger la de los demás.


Una campaña que sigue abierta

Con condiciones meteorológicas que mantienen el riesgo extremo en buena parte del país, el despliegue de la UME continuará mientras persista la alerta por calor y viento, sin descartarse nuevas evacuaciones si los frentes vuelven a avanzar. La campaña de 2026 deja claro que los grandes incendios ya no son episodios excepcionales, sino emergencias cada vez más frecuentes, prolongadas y simultáneas — y que detrás de cada intervención hay militares que arriesgan mucho más de lo que solemos ver.

Desde aquí queremos sumarnos al reconocimiento y al recuerdo de Javier G., y trasladar nuestro apoyo a todos los militares de la UME que este verano no han parado de trabajar, muchas veces al límite, para proteger a la población.


CONCLUSIONES OBVIAS

Aumento del riesgo y la gravedad

Puestos a sacar conclusiones, algunas son más obvias que otras. Según la propia AEMET, España pasó de una media de 3 días al año en ola de calor entre 1975 y 1984 a 22 días de media en la última década (2016-2025) — más de siete veces más. Solo entre el periodo 1975-2000 y el 2001-2025, los días bajo ola de calor pasaron de 129 a 329, y la temperatura media del verano ha subido casi 2°C desde 1961. No es una sensación: es una tendencia estadística clara y sostenida.

Y si a esto le sumamos un dato menos comentado pero igual de relevante —los últimos inviernos y primaveras han sido, en general, más lluviosos de lo habitual, lo que dispara el crecimiento de la vegetación en el monte—, el resultado es una combinación casi perfecta para el desastre: mucho combustible vegetal acumulado, y veranos cada vez más largos, calurosos y secos para prenderlo. A eso hay que añadir un problema estructural que arrastramos desde hace décadas: el abandono del medio rural ha reducido drásticamente la limpieza natural del monte que antes hacían el pastoreo y la actividad agrícola, mientras la inversión en cortafuegos y en gestión forestal preventiva sigue sin estar a la altura de lo que exige este nuevo escenario climático.

La mala gestión tiene consecuencias

La consecuencia es previsible, y por eso decimos que la conclusión es obvia: mientras no se actúe con decisión sobre la prevención —limpieza de montes, cortafuegos, gestión forestal— seguiremos viendo veranos como este, con la UME y el resto de servicios de emergencia trabajando al límite para apagar un fuego que, en buena medida, ya viene anunciado desde el invierno anterior.

Y aquí está lo que de verdad debería preocuparnos: con estos ingredientes —más calor, más vegetación acumulada, montes peor cuidados— es de esperar no solo más incendios, sino incendios mucho más difíciles de apagar. Y precisamente en este contexto, en vez de reforzar la prevención y renovar los medios de extinción de forma consistente, lo que encontramos en varios frentes es justo lo contrario.

Apagafuegos de baja y sin reponer

Pero si hay un caso que resume bien la falta de previsión, es el de los aviones. La flota estatal de hidroaviones pasó de 18 a 14 aeronaves en 2023, al subastarse cuatro Canadair CL-215T por considerarlos obsoletos. El problema es que, de los 14 restantes, buena parte del verano solo 7 han estado realmente operativos por antigüedad y falta de repuestos. Y aquí viene lo llamativo: aquellos cuatro aviones que España desechó fueron reparados en un taller de Albacete, y este verano dos de ellos han vuelto a volar — pero bajo bandera portuguesa, alquilados por el país vecino para reforzar su propio dispositivo. Mientras tanto, el Ministerio para la Transición Ecológica había conseguido ya en 2022 casi 23 millones de euros de fondos europeos para modernizar la flota, pero el contrato quedó bloqueado durante cuatro años hasta que, este mismo julio, se canceló definitivamente. Los nuevos aviones prometidos no llegarán hasta 2028, y los últimos hasta 2031. La responsabilidad de tener una flota pesada operativa es del Estado, y este verano, en pleno pico de incendios, España ha tenido que pedir aviones prestados a Italia y Grecia mientras los suyos volaban para otro país.

Trabas burocráticas para limpiar el monte

Y no solo es cuestión de dinero o de aviones. Aunque no existe una prohibición legal general para limpiar el monte, sí hay un exceso de burocracia que no ayuda: autorizaciones, declaraciones responsables y trámites que se exigen incluso para retirar leña seca o hacer desbroces en determinadas zonas, lo que en la práctica desincentiva un mantenimiento que antes se hacía de forma natural. A eso se suma el problema de fondo, el abandono del medio rural, que ya no realiza esa limpieza espontánea del monte que durante generaciones mantuvo a raya el combustible vegetal.

Soluciones que no se adoptan: Los aviones A400M

Y aquí aparece uno de los datos más llamativos de todos: mientras la flota de hidroaviones se cae a pedazos por antigüedad, el propio Ejército del Aire tiene ya la solución probada en sus propias filas. Un kit desarrollado por Airbus permite convertir los aviones de transporte A400M en apagafuegos capaces de lanzar 20.000 litros por descarga —más de cuatro veces la capacidad de los aviones actuales— y las pruebas realizadas en Guadalajara han dado resultados muy positivos. El kit cuesta entre 2 y 5 millones de euros. España ya tiene los aviones, valorados en 170-200 millones cada uno; solo falta comprar el accesorio. Y sin embargo, sigue sin haberse adquirido.

A nivel nacional, España sigue destinando entre el 70% y el 80% de sus recursos contra incendios a apagarlos, y solo entre el 20% y el 30% a prevenirlos. ¿Qué puede salir mal?

Infobae - Balance de la campaña de incendios 2026
- Ecoticias - La UME encadena un verano sin descanso
- Aragón Digital - Fallecimiento del militar de la UME en Riglos
- Wikipedia - Incendios forestales en España de 2026